Tengo más suerte que un perro con dos pollas.

sábado, 21 de noviembre de 2009

ignición y despegue


Me pregunto cuantas personas miran a la bóveda celestial de la manera en que yo lo hago. No es por ponerme poético, pero si hay una imagen que es capaz de hacerme creer en algún tipo de dios, esa es un atardecer lleno de titánicas nubes blancas que absorben el naranja del astro solar cayendo por el borde del horizonte.

En este preciso momento, puedo asomarme por el ventanal del departamento y vislumbrar en asombro, un atardecer digno de cientos de retratos al oleo, que pueden sentarse en las paredes de las villas de solitarios hombres millonarios.

Un sol vibrante con el aspecto de un dios tigre, se esconde con cautela tras las montañas. Refleja su virtud en el lago y baña de colores imposibles a los refugios del hombre y el vasto halo de nubes. Es imposible escapar a un ridículo sentimiento heroico y esperanzador que promete un futuro dorado. En estos pocos minutos de atardecer, estoy en paz con el sol, a quien detesto enormemente.

Tan pronto como las primeras estrellas irrumpen en el manto de la noche, basta con mirar a un rincón del cielo para sentirse abrumado. Piensa en todo lo que ocurre allá afuera, donde las estrellas danzan y el polvo cósmico de planetas muertos se re-arregla a si mismo gracias a la gravedad, para convertirse en un cuerpo celestial completamente nuevo.

Un gatito espacial, unas lesbianas cósmicas de tres senos y vida en marte. Cómo deseo ver todo eso con mis ojos.

Cuando era un niño, siempre vi lo que había sobre mi cabeza con asombro, nostalgia y algo de miedo. Hoy tengo esta ligera sensación en lo alto de mi craneo, de que el resto del mundo ya no mira al cielo como antes.






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